La mitad de la luna reinaba en un cielo no muy claro y una alameda vieja; vieja conocida por los más antiguos de la ciudad, vieja por la de romances que habrá contemplado, vieja por los años que lleva a sus espaldas y por las miradas que la habrán contemplado, vieja como cual abuela y hermosa como tal joven dama.
Allí dos parejas en una hora no muy temprana intercambiaban momentos de su vida. Curioso es como las conversaciones eran tan distintas siendo las edades de los cuatro más o menos las mismas, estando en el mismo lugar, en el mismo momento y a la misma hora. Pero no, cada uno habla de sus temas, de sus cosas y de sus pensamientos.
Cuando una pareja hablaba de conocerse la otra hablaba de no olvidarse, cuando una hablaba de ilusión, la otra hablaba de recuperar, cuando una hablaba de perdón la otra hablaba de no tener que decirlo nunca, cuando una hablaba de comenzar la otra hablaba de intentar no terminar, cuando una hablaba de sueños la otra intentaba que los que habían tenido se prolongaran en el tiempo y no dieran final en aquella noche, cuando una hablaba de lo dormilona que era ella, ya la otra sabía de sobra lo que le a ella le gustaba dormir, cuando una hablaba de intentar la otra hablaba de miedo… y así sucesivamente.
Y la noche solo quiso acompañar, la noche solo trajo llantos en forma de lluvia y una luz que nada se parecía a la de una luna nueva que intenta dar claridad, sino más bien a unos relámpagos que no presagian nada bueno, solo oscuridad y sensaciones no gratas… así fue el sabor de un viernes noche.