Como bien dice aquel tango Volver.
“Sentir, que es un soplo la vida, que veinte años no es
nada, que febril la mirada errante en las sombras te busca y te nombra. Vivir,
con el alma aferrada a un dulce recuerdo, que lloro otra vez.”
Que veinte años no es nada…
No es nada para quien no ha vivido su día a día.
Hoy precisamente, veinte años no es nada para todo lo que
aún me queda por recorrer. Hoy precisamente hoy, que es el día de mi
onomástica, debería de recibir yo las felicitaciones. Pero, me veo en deuda con
tantas personas que soy yo la que se ve obligada a felicitar a muchas de ellas…
Una segunda década. Empiezo a vivir, con el alma aferrada a
un dulce recuerdo. ¿A uno? Muchos más son requeridos y encauzado valientemente
por todos aquellos que me rodean.
Que le digan a aquella mujer que durante nueve meses me
llevo en su ser si veinte años no es nada. Si durante veinte años no ha sufrido
el ir y venir del tiempo, con su rebeldía más rebelde y la pasividad de los
días contados.
Desde la espera por saber que ser llevaba en sí hasta el
momento en que poco a poco crecía. Y si, hablo de mi madre. Aquella mujer a la
que le agradezco la vida. La que ha hecho que hoy por hoy sea lo que soy y la
que hace de mí hoy por hoy una mujer de provecho y la que siempre ha tenido
unos oídos dispuesto a escuchar, tanto cuando mis palabras transmitían alegría
como cuando encadenaban tristezas.
Él, el que más instantáneas de mi vida ha grabado, al que
con más ilusión lo esperaba al regreso del trabajo y por el que lloraba cuando
lo requerían fines de semanas fuera. El que encauzaba mi camino para que no se
torciera y ponía la vara para que el árbol creciera recto y fuerte.
Quien ha sido mi cómplice millones de veces y me daba tantos caprichos que mamá no aceptaba, el que jugaba conmigo a las guerras de almohadas
y en las que siempre acaba apaleada entre algodones.
Es una pequeña que aún no sabe nada. Pero a la que quiero
más que a nada en este mundo. Crece y miedo me da. Le tengo pánico a su
juventud. Pero ella me ha regalado mañanas y tardes eternas de juegos, de
trastadas, de risas y carcajadas y de amor, es la que siempre voy a tener a mi
lado y la que quiero que día tras día cuente conmigo para todo. Te quiero
hermana.
Esa figura que con gran tesón y que con amor siempre ha
estado presente. La figura de mis abuelos. Ellos que han hecho que mi infancia
esté llena de felicidad, siempre dando su amor y regalando cada caprichito a
“su niña” para que nunca le faltase de nada. ¿Cómo se agradece esto? Si cada
palabra que escribo se queda corta para tan grandes personas. Si han hecho más
de lo que deberían y han dado más de lo que podían. Ese amor infinito que
procesan hacia nosotras no tiene nombre.
Los que son mis segundos padres. Han dado de si más que
cualquier familiar, se han convertido en unos tíos para mí. Los que han estado
siempre en los momentos malos para apoyar y han disfrutado y sonreído en los
buenos y han seguido cada acontecimiento de mi vida desde un ladito muy cercano
de mí. Tantos momento vividos…
Y por último quiero nombrar aquellos que se han ido
agregando con el paso del tiempo y al que este mismo señor ha ido manteniendo,
quitando o dejando estancados. Aquellos que llegan sin que tu lo sepas y que
sin saber porque motivos, marcaron tu vida. Ellos son mis amigos. Tengo la
suerte de poderlos contar con los dedos de las manos. Y poder decir que me han
hecho disfrutar de momentos increíbles. Ellos que se convierten en hermanos y
que te conocen mejor que nadie.
Aprovecho para decir entre líneas que los quiero con locura,
eso que me cuesta decir tantas veces cara a cara a mis seres queridos, que
gracias a cada uno de ellos hoy cumplo 20 años y que siempre, siempre, los
tendré conmigo.
Aquí termina aquello que comenzó un 9 de Septiembre de 1992
y que a día de hoy continua no se cuantas décadas más, cuantos veinte años más…
solo sé que volver, volver y recordar, vivir, sentir… que febril la mirada, que
errante en las sombras te busca y te nombra.