Cuando miras hacia adelante te encuentras al principio del camino, miras abajo, tus pies llenos de polvos, cansados de caminar, agotados. El sol no quema gracias al sombrero de hojarasca que llevas puesto. Tus manos y cara bronceadas por el sol dice mucho, pero más dice tu mirada… tu mirada eterna, difusa y perdida, esa mirada habla de batallas, de vida rebosante de alientos y de muchos sueños sin cumplir, los rumbos que toma la vida alejada y relegada a un segundo plano cuando las posibilidades no están a tu alcance.
Entonces se te antoja comenzar a caminar y por conocer aquello que está al final del camino, poquito a poco, sin prisa pero sin pausa, contabilizando cada segundo y sintiendo cada oleada de viento no tan fresco en tu cara, de vez en cuando cierras tus ojos sin miedo a tropezar, sin miedo a dañarte, y comienzas a pensar en las cosas que te rodean, la serenidad entonces se apodera de ti, sintiéndote en paz.
Cada paso que das no te parece un avanzo más, piensas que estas atrapado en ti mismo y no sientes la suficiente necesidad de encontrarte ni contigo ni con el mundo. Tus ojos cerrados solo te permiten perderte, evadirte y limitarte a sentir.
Los abres, tienes ganas, no te has tropezado, no has caído, ni un rasguño, nada, claro que no has llegado aún la final del camino, has tenido fe, dicen que la fe mueven montañas, y de nuevo te paras a pensar, pero esta vez con los ojos abiertos de par en par, como dos lupas que tienen ganas de observar y ser observados, y te vuelves, miras atrás, hacia todo lo recorrido, todo aquello que recorriste con los ojos cerrados, en confianza plena, y con tranquilidad y una vez más te das cuenta que eso es lo que necesita la gente, la sociedad, creer, confiar. Necesitan una fuente inagotable de fe.
No hay comentarios:
Publicar un comentario