Miraba al horizonte y siempre era la misma rutina, una línea
que marcaba las mismas circunstancias en el tiempo. Es como una producción en
serie. Continuamente sucedía lo mismo.
Era como si asiduamente, sin ningún sentido, corriera. Corría persiguiendo algo. Como perseguía
Alicia en el País de las Maravillas al conejo. Igual. Sin saber que perseguía.
¿Perseguiría el tiempo? ¿O correría porque llegaba tarde a
la cita?
Es cierto que dentro de ese horizonte había paradas.
Inexplicablemente esas paradas ayudaban de nuevo a recuperar fuerzas por el
cansancio de tanto correr.
Entonces se dedicaba a divisar de mejor manera algunos
aspectos y pensaba que nunca más tendría que correr, ni perseguir vete tú a
saber el qué.
Poco duraban esas paradas. Milésimas de segundos quizás.
Como cuando te despiertan de un sueño bruscamente y vuelves
a la realidad, pues así comenzaba de nuevo a correr, sin poder parar. Sin saber
qué demonios la empujaba a recorrer con tanto afán.
Alguna parte de su ser le repetía constantemente que debía frenar
en seco, sentarse, respirar y dejar entre renglones.
El horizonte repleto de contratiempos, circunstancias,
encuentros, desencuentros y osadías.
Tanto es así que dicen que un día se olvido plenamente de lo
que significaba disfrutar de una puesta de sol mirando al horizonte….
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